El consejero delegado se acomodó en el nuevo tapizado de piel del coche
oficial. Se anudó la corbata. Repasó su agenda en el portátil y leyó los
correos pendientes. Torció el gesto: la cotización bursátil de la
compañía continuaba la carrera alcista, aunque a menor ritmo de lo
esperado. Pero se sentía mejor después del partido de squash. El
vehículo enfiló el Paseo de la Castellana encadenando varios semáforos
en verde hasta que se detuvo. Un tipo de su edad que vestía un polo
deportivo se acercó a la ventanilla. Golpeó con sus nudillos el vidrio
del coche. Le mostró un vaso de papel de Starbucks pidiéndole una ayuda. - ¿César? - se preguntó el consejero. El mendigo perdió la mirada en el interior del vehículo. El chófer arrancó sin esperar al cambio de luces. - ¿Se ha fijado, señor? Los mendigos de la Castellana visten Lacoste.
(imagen autorizada para uso público :por Guimir (Trabajo propio) [Public domain], undefined)
CT o la cultura de transición : crítica a 35 años de cultura española / Carlos Acevedo ... [et al.]
Barcelona : Debolsillo/Random House Mondadori, 2012
Portada dle libro: CT o la cultura de la Transición (reproducción bajo normas de Creative Commons)
Interesante libro caído entre unas manos ávidas de mamporros ensayísticos decidido a interponer entre la siesta y la canícula un espacio de pura tensión crítica.
La expresión de pelotazo de la cultura - acuñada para la ocasión por los periodistas Pablo Elorduy e Irene G. Rubio en las páginas de Diagonal Periódico - define el paradigma que supuso - y supone - el establishment cultural desde los años de la Transición a la democracia en España. El periodista Guillem Martínez, cerebro gris del libro atribuye a la concreción de un proceso doctrinario de la progresía setentera, la inculcación de una idea de cultura a la naciente sociedad democrática de aquel entonces (1975-1982 por poner unas delimitaciones al contexto temporal).
Detrás de las élites culturales no existen personas ni conspiraciones, no. Existe y subyace una idea de lealtad y prietas las filas ante el consenso y la democracia, términos que curiosamente nunca han dejado de ser un leit-motiv en los discursos monárquicos de la profunda y honda satisfacción.
Entrevista a Wilmar Cabrera. Periodista colombiano autor de la novela Los fantasmas de Sarriá visten de chandal editado por Milenio. Libro más vendido en la Casa del Libro de Rambla Catalunya en su semana de lanzamiento. Junio de 2012
“El partido Italia-Brasil del Mundial 82 debería estar en el Louvre, como una obra de arte.”
¿Por qué un libro sobre fútbol?
Siempre
quise escribir una novela sobre fútbol pero no sabía cómo proyectar y
materializar esta idea. Los libros sobre fútbol me interesan pero la
mayoría me acaban defraudando ya que se centran en la cotidianeidad y
básicamente sólo salen biografías. De hecho, en ellos, se habla poco de
fútbol y pienso que lo dificulta el hecho que tratarlo desde el punto de
vista literario es muy difícil.
Nadie
los vio. Quizás sólo un miembro de las fuerzas de seguridad los vigilaba,
pero no había nada que temer. La tensión maniataba cualquier intento de
acto histérico o irracional. Frente a frente, asesino y víctima, sin más
barrera que una distancia de seguridad protocolaria y veinticinco años
de incredulidad.
¿El
asesino será diferente a aquella persona que depositó en el parking de
Hipercor un Ford Sierra con cien litros de gasolina, escamas de jabón,
pegamento, tornillos y un detonador que hizo saltar el centro comercial
por los aires a 3.000 grados de temperatura? pensó probablemente Roberto. No lo
sabemos.
¿Qué
le digo a la víctima? ¿Qué me dirá? ¿Podré soportar el peso de tanto
sufrimiento? ¿Todavía me niego a reconocer el daño causado por miedo a
que no podré soportarlo? se
preguntó, quizás, el verdugo conforme la adrenalina invadía
todas y cada una de sus fibras nerviosas instantes antes de la reunión
con Roberto.
Nadie
lo supo. Los muertos fueron veintiuno. Los heridos, decenas, por
quemaduras, por asfixia, por sordera y muchas otras dolencias terribles
de explicar. Y centenares, de heridos en el alma, que
nunca podrán sanar. Siendo responsables los terroristas de la masacre, se pudo
minimizar la tragedia. Pero lo impidió un encadenamiento de errores provocado por la torpeza e incompetencia más absoluta en
la coordinación policial, que no procedió a la evacuación de Hipercor,
evidencia que ha sido reconocida por la justicia así como por
investigadores en la materia como Antoni Batista, doctor en Ciencias de
la Comunicación, que diseccionó los momentos previos a la deflagración y
que dio lugar a la publicación de un libro sobre la cuestión. Sólo la actuación policial posterior que capturó al comando Barcelona, autor del atentado,
compensó en parte la imagen de las fuerzas de seguridad que quedó en
entredicho.
La
vida es vida y así está reconocida. Y la muerte es muerte. Pero los
muertos tienen vida. Una dimensión no reconocida, un limbo invisible
para la Administración. Y para la sociedad. Algunos viven. Otros no
porque están muertos. Pero viven. Y de qué manera. Si no que se lo
pregunten a Nuri Manzanares. Perdió a sus dos hijos y a su hermana. O a
Alvaro Cabrerizo: perdió a su mujer y sus dos hijas, que fueron a
comprar un bikini. Nunca más las volvió a ver.
Álvaro
siempre se ha preguntado tres veces ¿por qué? Una, por qué ese
atentado. Dos por qué mi mujer y mis dos hijas. Y tres, por qué me ha
dicho la Administración que no soy una víctima. La respuesta es que no
fue a ningún médico y dos, no estaba allí presente. Sólo con haber ido
al médico de cabecera y le hubiera recetado una aspirina ya le hubieran
reconocido como víctima. Todavía se lo sigue preguntando. Pero no en este
mundo, porque hace dos años falleció de un cáncer. Se lo pregunta en
otra vida. Lola, su segunda mujer, luchó junto a Álvaro por el
reconocimiento de las víctimas. Defiende que Álvaro clínicamente
falleció de càncer, pero que vitalmente murió porque se sintió sin fuerzas para
luchar. Te puedes enfrentar al odio porque un resorte muy humano y
profundo te empuja a rebelarte contra ello. Pero, delante de la
incomprensión y de la exclusión ¿Contra qué vas a luchar? ¿Contra una
sociedad que te ha hecho invisible?
Hay quien criticará cierta pornografía gratuita y emocional de este
artículo. Pero no he venido a hablar de ello sino de las víctimas,
porque son víctimas por culpa de unos asesinos y son víctimas porque la
Administración los pone contra las cuerdas, sometiéndolos a un entramado
burocrático y legal difícil de soportar sumado a la ya difícil
situación sufrida. Máxime cuando durante esta semana, los atletas de la
Transición, todo ese grupo de políticos antifranquistas aficionados a
correr delante de los grises y que, decían, luchaban por la democracia,
se unen a otros políticos de diferente calado ideológico y les dedican a
las víctimas unas palabras y unas palmaditas y dejan correr alguna
lágrima, ahora que se cumplen veinticinco años del atentado de Hipercor.
Pero me pregunto: ¿no han sido capaces, en todo este tiempo, de
resolver diligentemente la situación de treinta y tres víctimas de
Hipercor por unos estúpidos, absurdos y esperpénticos argumentos legales
que les impide ser reconocidas como víctimas? No es de extrañar, ahora
que estos políticos, pactistas en la Transición, hayan permitido dejar el
país español como está y no contentos con ello someten a la ciudadanía a
rebajar brutalmente la calidad de vida y los derechos democráticos. Sí,
ellos, que dicen lucharon por la democracia.
La
AVT (Asociación de Víctimas del Terrorismo) también es un ejemplo de
ello. No representa a las víctimas. Representa una idea secuestrada y
sesgada en términos políticos, alejada de la realidad, que comulga con
el chantaje emocional para empozoñar a la sociedad. La politización fue
la razón por la cual Roberto Manrique tuvo que desvincularse de esta
asociación, (él representaba la delegación catalana), para pasar a ser
el impulsor de la Asociación Catalana de Victimas de Organizaciones
Terroristas (ACVOT) en 2003. Desde esta asociación ha conseguido, por
ejemplo, que las víctimas del atentado de la sala de fiestas Scala en
1978 hayan sido consideradas víctimas del terrorismo. Un atentado clave
en la Transición pues se juzgó socialmente en paralelo a la CNT y
criminalmente a unos jóvenes y que años después se demostró que fue un
atentado urdido desde los servicios secretos españoles para hundir al
movimiento sindical anarquista La documentación del proceso judicial es
confidencial y alto secreto de Estado y no se podrá acceder a sus
archivos hasta el 2038. El hijo de uno de aquellas víctimas mortales,
ahora concejal en el ayuntamiento de Santa Perpetua de la Mogoda
todavía busca una respuesta a ello y no se lo permiten.
Y
sin desear crear ningún conflicto, todavía existe un profundísimo tabú
existente en la actuación de una parte de las fuerzas de seguridad del
Estado (no se puede generalizar, cada realidad en su sitio) ejerciendo
la brutalidad y la tortura en las comisarías a centenares de jóvenes
vascos, que sin llegar a tener una vinculación con el terrorismo,
sufrieron la violencia política sólo por el hecho de ser vascos o
simpatizar con el independentismo no con la violencia. Claro está, que a
ojos de la sociedad y los políticos no eran más que los efectos
colaterales, un eufemismo con el que en definitiva, se pretende
justificar la violencia sea ésta legal o no. Prueba de ello han sido las
constantes denuncias desde hace décadas de Amnistía Internacional en
este sentido y en este ámbito. Ellos también han sido víctimas
criminalizadas socialmente hasta el paroxismo y objeto de violencia y
acoso de baja intensidad sólo por el hecho, repito, de ser vascos o
sentirse vascos.
Siguen
habiendo muchas víctimas de terrorismo, no sólo de ETA, sino de otras
organizaciones que alimentan un listado de centenares de personas
asesinadas a manos de aparatos u organizaciones satélites relacionadas
con las fuerzas de seguridad, la extrema derecha y las cloacas del
Estado en tiempos de la Transición que han sido silenciadas. Sólo el
GAL, fue la única organización que por intereses políticos del Partido
Popular vio la luz y fue condenada no sólo legalmente sino socialmente.
Son las víctimas invisibles. Víctimas que para Roberto Manrique son
víctimas, sin importar los colores, las simpatías ideológicas,
deportivas o políticas. Son víctimas que tienen vida. Y tienen un
derecho a la memoria y al reconocimiento abierto y sincero. Esperan,
muchas de ellas, que les pidan perdón por parte de quienes han hecho un
daño injustificado y cruel y una rectificación por parte de la sociedad y
el Estado por el trato tan nefasto que les ha otorgado. O mejor dicho,
el no trato, porque tal y como denuncian las víctimas de Hipercor, se
sienten abandonadas y olvidadas. Situación que, moralmente, dista mucho
del canon de lo que debe ser una sociedad justa y plenamente
democrática.
De
momento, Roberto, en su reunión con el verdugo de Hipercor intuyó en el
rostro del verdugo - según declaró a los medios de comunicación - un
arrepentimiento profundo, pero no obtuvo una demanda de perdón explícito
por parte de Rafael Caride. Y por otro lado, los políticos hablan pero
no actúan, ahí siguen las treinta y tres víctimas no reconocidas.
Cualquiera de ellas podría declarar perfectamente:
“Yo
vine a comprar a Hipercor oiga, no pedí ninguna bomba y sin embargo me
obligan a estar esperando en una ventanilla a obtener mi condición.
Llevo veinticinco años, y ya ve usted, aquí sigo”..
Muchas
incógnitas, muchas dudas, mucho sufrimiento, mucha injusticia. Y dolor
mucho dolor. El dolor y la pérdida les mantiene con vida. Unos desde la
vida, otros desde la muerte. Pero es otro tipo de vida y, no lo duden,
mucho más digna a pesar de los que carecen de ella y elaboran leyes que
luego no cumplen.
Así lo subraya Rosa,también víctima y que sobrevivió a la bola de fuego: a mí no me mataron, pero me mataron la vida.
Una tarde de noviembre, hace ocho años, debía escribir un artículo para un diario comarcal. No habían pasado ni veinticuatro horas que me comunicaron el fallecimiento de Tío Modes, guitarrista del grupo barcelonés de punk rock de La Banda Trapera del Río y de Oficial Matute y decidí dedicarle aquel artículo. Para quienes no lo sepan, o mejor dicho, para que sepan aquellos que desconocen que los muertos tienen vida propia durante la vida misma y después de un tipo de vida llamada muerte, Tío Modes (nombre artístico de Modesto Agriarte) fue un guitarrista fuera de serie, y, si me permiten seré cursi: un músico excepcional. Valga el tópico para reafirmar el procentaje de relativa verdad que contiene cualquier tópico y, que en este caso, se cumple en su totalidad.
Marcó un estilo propio que pocos han imitado, no seguía ninguno de los cànones que se suponían a cualquier guitarrista de rock de la época. Los riffs que escupía su Gibson no eran exactamente rock; pero tampoco punk; ni tan siquiera heavy metal. Un diamante en bruto que nuinca quiso ser descubierto ni falta que hacía por todo lo que representaba en una ciudad invisible secuestrada por la legión de la cultura progre pija de izquierdas. Una legión, que más allá del recelo hacia una inmigración del extrarradio barcelonés poco susceptible en aquel momento a comulgar - ni de broma - con la exaltación del nacionalismo catalán y con la aburridísima escena musical imperante (rock laietà). Pronto se esclarecerían las intenciones de unos aficionados a correr, no atletismo precisamente: políticos, sindicalistas y simpatizantes de la democracia, todos ellos antifranquistas que nunca pararon de dar zancadas: primero precedían a unos señores vestidos de gris que envainaban unas peligrosas porras y pistolas y que hacían servir de vez en cuando para asesinar a sangre fría a algunos o algunas; una vez domesticada la polícía armada, continuaron su carrera en sentido contrario, esto es, persiguiendo el reparto del pastel político catalán. Incluyendo claro está, el negocio cultural. Prueba de ello es que el primer album de La Banda Trapera fue editado por Belter, la casa de discos de Manolo Escobar, estilo diametralmente opuesto al de la Trapera. Préviamente, Tío Modes y la Trapera tuvieron que pasar el control del lobby cultural el cual orientaba sus intenciones hacia las radiofórmulas y la domesticación de grupos pretendidamente rebeldes contra el sistema. Resultado: 0,0 % de interés
Pero mi recuerdo más indeleble es hacia Tío Modes persona, no artista. La
última vez que lo vi era un largo espectro de cuarenta kilos
de huesos de metro ochenta y cinco de altura, incluyendo su solemne gabardina de cuero y sus Ray-Ban negras
de doce dioptrías. Desde la puerta de la masía abandonada donde vivía
se despidió de mí alzando su mano al aire mientras yo le oía decir mi nombre. Mientras
me alejaba, no dejé de entristecerme por su lamentable estado: su
inseparable sombrero gris, un borsalino clásico de fieltro, remolcaba un
cuerpo lastrado por el bucle de cervezas y soledad con el que modeló su
rutina diaria desde hacía ya varios años.
Disculpen ustedes, los vivos, aquellos que pretenden sobrevivir al catenaccio económico desbocado al que nos someten unos nenes traviesos llamados mercados financieros. Disculpen ustedes hablar tanto de muertos hoy, ya que al parecer, lo preciso del momento viene a ser el obligado optimismo y la creencia en querer ver lo que nos quieren hacer ver aún estando ciegos. Pero el motivo de hablar de la muerte es porque el páncreas de Tío Modes decidió jubilarse de forma anticipada y realizar una transubstanciación a otra vida.. Claro está que las jubilaciones anticipadas, eufemismo con que se define la patada al trasero y expulsión del paraíso sociedad a muchas personas, no son más que un paso más hacia el sometimiento al neoliberalismo y donde la ciudadanía da la espalda a muchos portavoces de la inconformidad como fue su caso. Sucedió un 1 de noviembre de 2004, el día en que los muertos, aunque sólo sea por un día, cobran una especie de vida según los vivos para limpiar las malas conciencias y resolver todas aquellas deudas para con los muertos. Casualmente, en aquella fecha, la última osa autòctona de los Pirineos, Cannelle, moría del impacto de las balas de un cazador. Su cachorro, fue visto y huyó. Y nunca más se supo de él. De Tío Modes tampoco, sólo unos pocos románticos se acuerdan de él.
Hace
veinticuatro años, Miquel Fuster, barcelonés nacido en 1944, dibujante
de cómics, primero en la editorial Bruguera, luego en la agencia
Selecciones Ilustradas, pasó de ser un artista - que
vivía de su trabajo - a la indigencia, sin más compañía que unos cartones
inanimados de vino barato y la mirada hipócrita y falsamente
compasiva de una sociedad enferma. De la misma forma que el azúcar se disuelve en
el café o las acciones bursátiles suben o bajan sin motivo aparente
ninguno. De tener un sueldo y un techo y una familia un día a no tener
nada al siguiente. Igual que Gregorio Samsa en La metamorfosis se
acuesta humano y se despierta insecto. ¿Por qué?
No
existen respuestas. Existen hechos y éstos demuestran que
cualquier persona, repito, cualquiera, puede pasar de una vida acomodada
a la exclusión social en el momento menos pensado y de la forma más
rápida que uno se pueda imaginar. El ejemplo, es la situación que hoy
día viven miles de ciudadanos con sus hipotecas impagadas, los
desahucios, el estrangulamiento a pequeños empresarios o los despidos en
masa de trabajadores. El tsunami crsis se está llevando por delante
los engarces económicos y sociales del Estado del bienestar que tantos
años ha costado construir.
La
historia de Miquel Fuster se explica de forma muy cruda en diferentes
entrevistas concedidas a diversos medios. Como ejemplo la concedida a la
Universitat de Barcelona el pasado noviembre de 2011, donde explica
detalladamente su historia, desde su descenso al averno del alcohol, los
cajeros automáticos, su huída de la ciudad, el frío, el hambre, el
dolor, luego el entumecimiento emocional y finalmente la desconexión.
Hasta que Fundació Arrels y una trabajadora social en 2003 lograron
ayudarle, dándose las circunstancias para su reinserción social. Mejor
dicho, obraron el milagro de devolver a la vida a Miquel, a poder
ofrecer a la sociedad su sensibilidad artística, a poder hacer lo que
muchos - la mayoría - no pueden decir; dedicarse a lo que más le gusta:
dibujar.
Desde
entonces vive conectado a su profesión, ha publicado tres cómics sobre
sus vivencias, titulado Miquel, 15 años en la calle, el último se
presentó en la pasada 30a edición del Salón del Cómic celebrada en
Barcelona. Además publica sus dibujos y reflexiones en un blog, colabora con el diario 20 minutos y ofrece
charlas en la Universidad para enseñar la otra Universidad, la verdadera, que es
la calle. En lo que se hace llamar la Sociedad del Conocimiento, existe
un saber que vive al margen, sin identificar, excluido del conocimiento
oficial: el que detenta la marginalidad.
Y
disculpen esta interrupción; este relato que nadie quiere oír, ver o
leer. Sigamos con las noticias de cada mañana y lo que acontece Ahora
es más importante ayudar a otros indigentes con los bolsillos llenos de
dinero pero faltos de humanidad, moral y compasión. Sigamos pues,
nuestro camino anestesiado por el bel canto de la sirena Democracia,
cedamos servilmente ante el miedo que nos inoculan hasta el tuétano de
nuestra razón. Sí, nos quieren en la calle para ser indigentes.
(imágenes extraídas del propio blog del autor con su expresa autorización, 14 de mayo de 2012)