1982 ya no era un año lisérgico. Pero continuaba siendo una fiesta psicotrópica continuación de los años 70. No existía camerino de músicos que no se preciara de componer desenfrenadas orgías de drogas y galones de alcohol.
En aquel mundo las estadísticas de excesos estaban lideradas por un genio y a la vez monstruo: Ozzy Osbourne excantante de Black Sabbath que decidió en 1980 iniciar una carrera artística en solitario. El primer guitarrista de la banda fue Randy Rhoads y precisó sólo unos pocos minutos de audición para ser admitido en la formación completada por el legendario bajista Bob Daisley y Don Airey a los teclados. El primer album editado fue el exitoso Blizzard of Ozz y significó la consolidación del enorme talento de Randy, un minúsculo muchacho, con cuerpo de niño, con un aura, encanto y delicadeza propio de las princesas de cuentos y cuyo único vicio inconfesable era media cajetilla de tabaco al día.
Un chico tímido que profesaba un amor incondicional a su madre - profesora de música - y a sus dos hermanas. Una madre que a diferencia de muchos otros padres, le apoyó y le ayudó en su carrera musical.
Delores y Kathy Rhoads
Después de dos giras con Ozzy Osbourne su única ilusión era alcanzar la maestría en la guitarra clásica cansado del loco circo del rock. Así se lo comunicó a Ozzy manifestándole dichos planes de dejar la banda al acabar la gira. Durante las giras, entre concierto y concierto Ozzy se dedicaba a meterse todo lo que podía en su cuerpo desde anfetaminas, alcohol y cocaína hasta gasolina si hacía falta. Randy, por contra, se dedicaba a contactar con guitarristas locales para aprender nuevas técnicas. Pero no llegó a tiempo a cumplir su sueño de alcanzar la excelencia en la guitarra. En una de las noches puente entre concierto y concierto, subió en una avioneta invitado por un amigo de la banda a dar una vuelta. Se estrellaron. Sucedió el 19 de marzo de 1982. Al piloto - según la autopsia - se le detectaron unos elevados niveles de cocaína en sangre. La autopsia de Randy dio como resultado unos niveles insignificantes de nicotina.
Aquel fatídico día, muchos headbangers lloraron la pérdida de uno de los mejores guitarristas de la historia del rock. Dejó su impronta integrando técnicas de música clásica a sus solos de guitarra. La ejecución de sus solos, la técnica con la que innovó (mezcla de diatónicas con blues, doble tapping o la velocidad de ejecución en sus solos) han sido y son referentes para muchos guitarristas. Sólo necesitó cuatro discos de estudio para dejar evidencia de su talento.
Probablemente la peor y más terrible tragedia humana es la pérdida de un hijo. Por ello, una madre podrá asumir dicha pérdida pero jamás podrá aceptarla. Para otros, seguidores y amantes del rock habremos aceptado aquella pérdida con ayuda del tiempo. Hablamos de legado. O de la vida de los muertos. Mientras algunos muertos siguen muy vivos a pesar de los excesos llevados al extremo.
Existen asesinatos legales. Amparados por la justicia legal de un Estado. En el primer período franquista fueron miles. En el segundo (la llamada Transición democrática) fueron centenares. En la mayoría de casos, perviven en la historia como un elenco de números fríos y estadísticos. Mientras, los familiares siguen intentando infructuosamente pedir justicia en el galimatías cínico e hipócrita de la instituciones judiciales. En el caso de Salvador Puig Antich, un número más. En el número 70 del carrer Girona de Barcelona empezó a escribir su epitafio el 25 de septiembre de 1973. Meses después, un 2 de marzo de 1974 era ejecutado por garrote vil. Fue detenido por 6 policías. En la refriega entre policías y detenidos hubo 1 muerto: 1 policía. Recibió 5 disparos. La autopsia reveló la existencia de 3. Sumarios: 2. El que debía ser y el que fue. El que fue, fue manipulado. La autopsia la firmó un médico militar que no la practicó, y quien la practicó no la firmó. Resumen: el sumario fue el que no debía ser. 1 sumario al servició del régimen franquista agonizante después de la muerte en atentado de Carrero Blanco. 1 sumario de 1 juicio mediante consejo de guerra (1 oximorón que moría en las perversas mentes que mantenían vivo el régimen franquista, no existía más guerra que la que los propios asesinos se inventaban en su delirio patriótico nacionalcatolicista de que existía 1 guerra para justificar aquella farsa en forma de consejo de guerra). - Elementos de poder: 4. Policías, militares, juristas y funcionarios. - Movimiento antifranquista: 1 - Irregularidades del proceso: muchas (y muchas otras que la restricción ilegal de acceso archivos impide conocer). - Intentos reales de presión de los movimientos antifranquistas de izquierda para pedir una revocación de la condena a muerte: 0 - Revisión de la condena 40 años después: 0 - Condena institucional en democracia de la muerte a garrote vil: 0 - Pruebas documentales que incriminaban a 2 policías como autores de los disparos que mataron a su compañero (involuntariamente): 0 Obviamente fueron destruidas. La vida de los muertos. Salvador Puig Antich, una muerte en vida. Una vida ajusticiada con falseamiento documental. Cuando el falseamiento documental, la manipulación informativa, el vacío ético respecto a los documentos y los archivos son los instrumentos de los Estados dictatoriales. Sus hermanas Montserrat, Carme, Imma y Marçona intentan dignamente limpiar de mierda toda la bajeza moral de un caso que en España 2 exgenerales franquistas impidieron que se reabriera a través del Tribunal Supremo. La fe de unas hermanas en la justicia universal se refuerza ante otro número: 2737. El número del nicho donde reposan los restos del último ajusticiado a garrote vil en España.
Donde los muertos cobran vida al ritmo del crimen de Estado.
Lou Reed: el mago que voló a través de la tormenta
La mañana del 10 de diciembre de 1984 era fría y gélida. Cogí el
destartalado autobús que me conducía al instituto y mi cabeza no estaba - aquel
día - por las clases de bachillerato. Coincidí en aquel año académico en un
aula donde una gran parte de los estudiantes tenía inquietudes musicales de
rock de lo más selectas: Beatles, Bowie, Rolling Stones, Springsteen, AC/DC,
Who, Led Zeppelin y un largo etcétera. Me sentía realmente a gusto en semejante
contexto, porque mi pasión por dicha música había comenzado desde bien pequeño. Como
si un extraño electroshock hubiera hecho mutar mi cabeza. Pero aquel día no
me atreví a revelar a mis compañeros de clase que aquella noche asistiría al
concierto que Lou Reed iba a ofrecer en el Palau d’Esports de Montjuïc. Pensé
que no me creerían: tenía 15 años y en aquel tiempo no era habitual que un
adolescente asistiera a conciertos de rock. España acababa de salir de una
agitada y violenta Transición política. Y si el concierto era de Lou Reed menos
todavía. Sólo unos pocos años antes - en la misma ciudad - durante uno de sus
conciertos se produjeron importantes y graves disturbios con la policía.
Así fue como asistí a mi primer gran concierto de rock. Una huella indeleble para siempre en mi vida. Fui la envidia del
instituto al día siguiente para aquellos que - todavía incrédulos - aceptaron
la versión de una historia que otros creyeron inventada para impresionarlos. La
ida y venida de Cornellá al Palau d’Esports se produjo en un Volkswagen
Escarabajo. Un vehículo peculiar y majestuoso entre el
parque automovilístico español de aquel entonces donde solo menudeaban supermirafioris,
cuatro latas y citroens tiburones. Meses más tarde, aquel concierto fue emitido
por TVE2 en marzo de 1985 en el programa de La Edad de Oro.
Lou Reed era más que un genio. Era un visionario. Un mago cuya púa de
guitarra era una varita mágica que transformaba acordes y letras en nuevas
sensaciones. Levantarte de la cama en pleno apogeo hormonal adolescente y poner
tu primer pensamiento en una cinta de casete y escuchar Sweet Jane o Rock
‘n’ Roll podía convertir un día ordinario de tu vida en un día perfecto.
No fue casualidad asistir a dicho concierto. Tirando de hemeroteca cerebral
uno de mis primeros recuerdos de infancia no es visual. Es sonoro. Fue una
tarde en que escuché Walk on the wild side tras la puerta de la habitación
del primogénito de la familia.
Volví a verle en 1989 en la gira del álbum New York. En 1991 tuve la
grandísima fortuna de obtener una entrada al Palau de la Música a la
presentación del álbum Magic and Loss, un concierto intimista inolvidable,
basado en el proceso por el que pasó Lou Reed ante la muerte por cáncer de dos
de sus amigos. En 1996 me marché a vivir a Londres y al quinto día de mi estancia,
y sin tener ni puñetera idea de inglés, me fui solo a verlo a la otra punta
del Big London. De regreso perdí el último metro de vuelta y puedo contabilizar aquella
noche como la única en mi vida en que he dormido en el metro: sólo, en un perdido y hostil
enlace de los Eastenders londinenses. Ni siquiera fui consciente
del lío en el que me podía haber metido. Pero no me importó: era muy feliz de
haber asistido a un concierto del señor Lewis Alan Reed.
Después lo vi más veces, hasta que en 2000 fui a Razzmatazz de nuevo con mi hermano
(algo así como mi primo Zumosol del rock) y Jordi P. una persona amiga y
querida al que - pocos meses después - la carretera se lo llevó por delante.
Me afectó tanto, que no pude volver a asistir a un concierto de Lou Reed. No
me veía con el ánimo suficiente para seguir viendo a mi ídolo. Como si hubiera
sido uno de aquellos días en que te haces viejo de repente.
Cualquiera de estas cuestiones personales no dejan de ser anécdotas, como
las de cualquier otra persona enamorada de la poesía, el rock y las vanguardias.
Pero a la vez que explico esto, miles de jóvenes, y no tan jóvenes, de esta vida y
de los que ya no están entre nosotros tienen algo en común: haber sido
desgarrados por el lado salvaje de este poeta del rock and roll. Y toda esta
familia se ha sentido más vacía que nunca al saber de la muerte de Lou Reed el
27 de octubre de 2013. Todas las referencias periodísticas de la mañana
siguiente han sido unánimes:
Pero sobre todo padre y maestro musical
de generaciones enteras de la música, el arte y la cultura.
Desde sus tiempos en The Velvet Underground o pasando por el rock-poesía
urbana de sus discos en solitario creó éxitos y piezas claves en la historia
del rock como Walk on the wild side, Heroin o Perfect Day.
Pero limitarse a los hits es simplificar su valía. Toda su discografía está
repleta de ricos matices, de propuestas que van desde lo íntimo (Magic and
Loss), a lo conceptual (Songs for Drella, The Raven), o de lo que mejor se le
daba: la mezcla de rock y poesía urbana donde seguramente con el álbum New
York alcanzó uno de los puntos álgidos de creatividad en su carrera.
Su influencia marcó para siempre la evolución de la música rock. Sin él
podríamos hablar seguramente de punk, rock alternativo, poesía urbana, cultura underground pero en otros términos (y
además descafeinados). Lou Reed era un pez huraño que nadaba a contracorriente,
al que nadie podía asir desde los largos y poderosos tentáculos del rock business
o el mainstream. No se dejaba imponer las directrices comerciales de
las discográficas. Sus letras no hablaban de chico conoce a chica. Sus letras,
crudas, hablaban de yonquis, putas, locos, enfermos, de todo aquello de lo cual
la clase media (que define a los mediocres y no el estatus económico) nunca ha
querido hablar ni ver. Y de la clase política ni hablemos: conocidas son sus
ácidas e inteligentes críticas a los políticos conservadores americanos.
Y todo ello desde un punto de vista poético en un ejercicio intelectual que
produce en quien lo escucha una fascinación mágica y secreta. Por eso hubo una
época en que secretamente todo el mundo quería ser Lou Reed.
Un músico complejo y enigmático. Un genio solitario. Un músico influyente.
Un artista total que mezclaba con facilidad la literatura, la música y la
vanguardia artística. Su voz, profunda única y característica proyectaba
poesía: la poesía de aquellos que caminan por otros caminos – salvajes o no –
de la vida. Una vida desnuda de todo convencionalismo.
Una vida, la de Lou Reed, que nos ha dado otra vida -y diferente- a muchos,
alejada de las referencias culturales estándard. Una vida que seguirá presente
entre los que le amamos y le seguiremos amando. Aunque la vida actual sea tan
diferente a aquella otra. La de los que buscaban sus discos en Perpignan. De
aquella vida llamada Transición política. De aquella otra en que no existía lo
digital y los vinilos eran algo más que un producto comercial. O de tantas
otras vidas de aquellos que, seducidos por la locura, la insatisfacción y la mediocridad se
equivocaron al escoger el lado más salvaje a través de drogas duras
y excesos que pagaron con la propia vida.
Entre los muertos y la vida de los que quedamos hablamos un mismo lenguaje.
El de otra dimensión, llamémosle poesía y rock urbano, que nos dejó para siempre
el mejor poeta eléctrico. El mago que voló a través de la tormenta. Y espera en
la puerta de la noche para despertar en la calma. Eterno.
Hay realidades que no se pueden ocultar. A pesar del esfuerzo final en los minutos finales del partido que ayer ganó (de forma insuficiente) el Real Madrid sobre el Borussia de Dortmund no es de extrañar la enésima eliminación del club blanco de la máxima competición europea de fútbol. Un Real Madrid que mostró a la desesperada un fútbol cateto, ramplón, resultadista y deficiente. Una eliminación que muestra la deriva de un club y un equipo creado a imagen y semejanza del modelo de pelotazo económico de España, que como sabemos está en ruinas y no sale adelante. Un equipo que invirtió la indecente cantidad de 500 millones de € para ganar sólo 2 títulos locales en 3 años y ninguno a nivel europeo. Un club que trajo un entrenador conspiranoico, tóxico e inmoral al que se le dio plenos poderes para pervertir el entorno, ejercer la violencia verbal y física, que ha jugado sucio, que ha realizado mobbing sobre el capitán del equipo y mejor portero del mundo y que ha contado con la connivencia de la mafia del poder deportivo, político y econòmico español y conseguir de forma escandalosa, no ser sancionado. Y todo esto no lo han entendido ni querido digerir una gran parte de sus aficionados. No hay más ciego que el que no quiere ver. Enfrente, los modelos del FC Barcelona o del Manchester United o del Bayern de Munich, son ejemplo de lo contrario. Diferentes, tanto en sus resultados como en su estilo. Por eso, si estos equipos no pasan de semifinales o pierden una final en su propio estadio....no pasa nada. Continuan su camino construido sobre bases sólidas. Estos tres equipos han sabido adaptarse a los tiempos modernos. Aplicando fórmulas y estrategias de gestión deportiva innovadoras y estratégicas a largo plazo y labrando una cantera capaz de transformar y crear un estilo propio y creando una red de profesionales orientados a la eficiencia en la gestión de club deportivo. Y no buscando resultados a corto plazo y quemando a velocidades siderales entrenadores, futbolistas y periodistas contratados como agresivos mercenarios que vomitan mierda y más mierda sin descanso intentando socavar el equilibrio y la masa social, en este último caso del FC Barcelona y del fútbol español en general. El Real Madrid vive en la nostalgia del pasado, de un tiempo en blanco y negro. Sólo es una cuestión de saber innovar y adaptarse y hoy día el club del siglo XX pasa sin pena ni gloria por los prados verdes del siglo XXI. Porque juega un fútbol que busca un dato estadístico absurdo: la décima. No cultiva un fútbol y un modelo inteligente con el que ya llegarían los resultados tarde o temprano. Querer buscar la décima como quien ha querido hacerse millonario en pocos días a través de pelotazos urbanísticos, propio de una cultura poco democrática, atrasada y de poca altura moral. Y ello es una pesada losa con la que llevan cargando más de una década. Y mientras siga basando su modelo en los millones, en la imagen y exclusivamente en el márketing y no en la innovación y la creatividad muy probablemente continuará por la senda de la frustración estrellándose año tras año contra el muro de las semifinales. Como máximo, sólo una concatenación de hechos fortuitos puede obrar de forma puntual y fragmentaria el milagro. Pero no tendría continuidad. Lo que está claro es que no se puede vivir de la inspiración y del golpe de genio de futbolistas más que contrastados, ya que como algún sabio del deporte dijo, "el fútbol es un estado de ánimo" y que un equipo tenga confianza no puede depender exclusivamente de los millones invertidos y de la calidad individual de sus futbolistas.
El Real Madrid hace años que dejó de ser la niña de azul, la niña de Paco, la de los ojos verdes que encandilaba los estadios de Europa. Es una vieja amargada a la que nadie quiere acercarse por su chulería y su soberbia y que no genera la más mínima simpatía. Es la aristócrata nostálgica y arruinada, enferma y desdentada y a la que las llagas le queman y le duelen lógicamente en su orgullo. Y todo ello por no querer realizar un ejercicio de renovación, de sentido común y de humildad y no cambiar el modelo. Sí, el modelo. Esa es la cuestión. El Real Madrid vive en el mundo analógico, en el Antiguo Régimen, en el autoritarismo y las influencias políticas y financieras bajo la sombra y la sospecha de prácticas empresariales poco o nada transparentes. Demasiado márketing y marca empresarial que tapa y esconde un modelo desequilibrado en detrimento de lo que no tienen: excelencia futbolística. Su punto de apoyo son pies de barro. En cambio, otros clubs ya dieron el salto al fútbol 2.0 y del futuro hace tiempo. Porque han partido de una filosofía y una praxis con la creación de modelos orientados hacia un concepto social, creativo, lógico y razonablemente sostenible. Y sin perder de vista el núcleo de la cuestión: el protagonismo es el fútbol en el terreno de juego. La diferencia, como muestra la imagen, entre la pelota que rebasa y la pelota que no rebasa la línea de gol es espacialmente corta. Pero para que la pelotita recorra esa pequeña distancia cabe la necesidad de un gran esfuerzo y trabajo y años de labranza y de gestión árduos y duros. Igual que la mejora de una décima de segundo le supone meses de entreno a un corredor de cien metros lisos. Durante esta última semana el entorno madridista y el miedo escénico se alimentaron del espíritu de Juanito con la inocente e ingénua esperanza de revertir el resultado claramente negativo importado de Alemania y difícil de superar. Tal y como está ocurriendo con la economía española respecto a las duras recetas también exigidas por la premiere alemana Angela Merkel. Y es que cuando un equipo apela al espíritu de un muerto es que el equipo está muerto. Un espíritu que sigue vivo. Es una forma más de vivir. Espiritualmente. O simplemente, de ir tirando y esperar en la cola de la oficina de loterías a que algún día la diosa fortuna les conceda el santo grial de la décima, cosa harto improbable.
“…espérese y le prestamos una tienda de campaña. O acceda a
la ayuda que le prestarán los servicios sociales, ellos le facilitarán los
tickets del comedor social. Pero no se tire por favor, o nos estropeará nuestro
plan de desahuciar a cientos de familias cada día, mujer, no lo haga, que
también tenemos familias que alimentar…”.
Esto, o algo parecido, vino a decir la comitiva judicial y
su orden de desahucio contra Amaia Egaña y su familia por impago de las cuotas
de hipoteca de su piso. Orden que no pudo llevarse a cabo el nueve de noviembre
de 2012, en la población de Barakaldo, puesto que Amaia, presa de la
desesperación, víctima del absurdo y humillada por un sistema que antepone los
intereses de los bancos a la dignidad de las personas, que rescata a los delincuentes en vez de a los inocentes, decidió poner fin a una
situación extrema. Quizás, en su dignidad llevada al límite, dijo: “…no acepto esto. Si pierdo el techo por el
que tantos años he trabajado duro y con ello, además, pierdo mi dignidad, ¿qué me dejarán para
vivir?...”.
La prensa digital, en pocos minutos, dio fe de lo sucedido y
las redes sociales, foros y portales de información recababan opiniones y
declaraciones en un tono crispado y un volumen muy elevado de indignación e
incredulidad, no ya por lo sucedido, sino por la impotencia generada ante un
hecho provocado por la injusticia en su versión más descarnada.
En un extremo, el martillo pilón de una gran siderúrgica financiera
que machaca a los ciudadanos; un martillo pilón que marca el ritmo acompasado,
igual que en las galeras de Ben-Hur. Acrecentándose por momentos. Alimentado
por el miedo y la coerción que instigan los cada vez más salvajes latigazos del
amo:un amo organizado, en perfecta alineación al modo de las legiones romanas
y reforzados por Ortatus, el político, que golpea el martillo. Políticos de mensajes milenaristas y
vendedores de opio adulterado. En el otro extremo, los ciudadanos condenados a
las galeras, reman con la vista cabizbaja a un ritmo cada vez más alto. El
enemigo, a la vista, todavía está lejos. Pero queda cerca el día en que deberán
obedecer a la troika, deberán arrodillarse y entrar en boga de ataque. El ritmo
es irresistible para muchos. Unos desfallecen. Otros arrojan la toalla. Otros tiran la toalla y se arrojan. Como Amaia. Al vacío. A la nada. Hasta que la
nave que transporta a los esclavos, eufemísticamente llamados ciudadanos del
siglo XXI, entra en boga de ariete e impacta contra el barco enemigo. El barco
de la democracia y de los derechos civiles. Es el nuevo orden mundial.
Barakaldo es una población de gente trabajadora. Tuvieron
que soportar los años de plomo de la violencia política después de una
Transición pactada a espaldas de sus ciudadanos. Tuvo que soportar el derrumbe
de la economía que la sostenía: los Altos Hornos de Vizcaya. Que tuvo como
consecuencia la proliferación de parados que podían ser perfectamente los
personajes de Los lunes al sol. Donde una ingente cantidad de muchachos y
muchachas, nacidos en la época del baby-boom, se vieron abocados al paro y a
formar parte de la versión euskera del No Future con banda sonora propia: heroína,
sida, violencia, pistolas, represión, drogas, alcohol y sobre todo el
maquiavélico Plan Zen que el gobierno socialista (sí, socialista) creó para
criminalizar de terroristas a la juventud vasca de entonces.
Y ahora que Barakaldo continuaba su historia por otros
derroteros económicos y a pesar de crecer sobre toneladas de Lindano, plaguicida
extremadamente tóxico que campaba a sus anchas en los antiguos recintos
industriales; ahora que crecía con la esperanza de que una nueva savia política
libre de pistolas aportara algo más de razón y de coherencia; ahora vienen (nunca
se fueron) las amenazas de los ricos. Y han encontrado en Amaia a una víctima
propiciatoria, lavando - eso sí - sus conciencias pocas horas después con el anuncio de que intentarán la paralización de los
desahucios. Esto es terrorismo. De estado, o financiero, o como le quieran llamar. Pero no veo que salgan cogidos de los brazos con el tufo que desprenden a unión y democracia y su particular perversiónsemántica del lenguaje ni les veo dispuestos a realizar un acto de humildad y constricción condenando también esta violencia. Sin pistolas. Pero con armas mucho más eficaces, letales e igual de execrables.
¿Por qué Amaia, por qué? Hoy muchos ciudadanos nos sentimos
muy mal y no podemos evitar pensar que entre todos podríamos haber hecho algo
más. El apoyo a los ejecutores de este plan de exterminio a los derechos de los
ciudadanos se lo han dado en este país más de once millones de personas. Tantos
años de lucha y de derramamiento de sangre de inocentes para que en menos
tiempo que dura una canción de los Ramones se desmonte el armazón del www.estadodederecho.paf!
Para que todo acabe en una muerte cocinada
a fuego lento.
Para que todo acabe en eso, en una muerte de mierda.
No
sabemos si existen vidas que sobreviven a la propia muerte pero sí
sabemos que el factor muerte siempre estuvo muy ligado al político don
Santiago Carrillo a lo largo de toda su vida. A pesar de su avanzada
edad y algunos lógicos achaques, nunca pudo decirse que era un muerto en
vida, al contrario, mantuvo un pasado lejano totalmente presente ya
fuera en los micrófonos de los magazines radiofónicos de tarde o en las
presentaciones de libros o incluso a través de terceros como la
disección novelada que sobre su persona realizó el escritor Javier
Cercas en Anatomía de un instante.
De uno u otro modo, suscitaba reacciones de lo más extremo desde la
indignación hasta la idolatría. A nadie dejó indiferente, pues se
trataba de una persona de opinión propia que nada callaba, unas veces
nadando a contracorriente de lo que se suponía debía opinar y otras
desdiciéndose de aquello que postuló en otros momentos de su vida.
Nadie
los vio. Quizás sólo un miembro de las fuerzas de seguridad los vigilaba,
pero no había nada que temer. La tensión maniataba cualquier intento de
acto histérico o irracional. Frente a frente, asesino y víctima, sin más
barrera que una distancia de seguridad protocolaria y veinticinco años
de incredulidad.
¿El
asesino será diferente a aquella persona que depositó en el parking de
Hipercor un Ford Sierra con cien litros de gasolina, escamas de jabón,
pegamento, tornillos y un detonador que hizo saltar el centro comercial
por los aires a 3.000 grados de temperatura? pensó probablemente Roberto. No lo
sabemos.
¿Qué
le digo a la víctima? ¿Qué me dirá? ¿Podré soportar el peso de tanto
sufrimiento? ¿Todavía me niego a reconocer el daño causado por miedo a
que no podré soportarlo? se
preguntó, quizás, el verdugo conforme la adrenalina invadía
todas y cada una de sus fibras nerviosas instantes antes de la reunión
con Roberto.
Nadie
lo supo. Los muertos fueron veintiuno. Los heridos, decenas, por
quemaduras, por asfixia, por sordera y muchas otras dolencias terribles
de explicar. Y centenares, de heridos en el alma, que
nunca podrán sanar. Siendo responsables los terroristas de la masacre, se pudo
minimizar la tragedia. Pero lo impidió un encadenamiento de errores provocado por la torpeza e incompetencia más absoluta en
la coordinación policial, que no procedió a la evacuación de Hipercor,
evidencia que ha sido reconocida por la justicia así como por
investigadores en la materia como Antoni Batista, doctor en Ciencias de
la Comunicación, que diseccionó los momentos previos a la deflagración y
que dio lugar a la publicación de un libro sobre la cuestión. Sólo la actuación policial posterior que capturó al comando Barcelona, autor del atentado,
compensó en parte la imagen de las fuerzas de seguridad que quedó en
entredicho.
La
vida es vida y así está reconocida. Y la muerte es muerte. Pero los
muertos tienen vida. Una dimensión no reconocida, un limbo invisible
para la Administración. Y para la sociedad. Algunos viven. Otros no
porque están muertos. Pero viven. Y de qué manera. Si no que se lo
pregunten a Nuri Manzanares. Perdió a sus dos hijos y a su hermana. O a
Alvaro Cabrerizo: perdió a su mujer y sus dos hijas, que fueron a
comprar un bikini. Nunca más las volvió a ver.
Álvaro
siempre se ha preguntado tres veces ¿por qué? Una, por qué ese
atentado. Dos por qué mi mujer y mis dos hijas. Y tres, por qué me ha
dicho la Administración que no soy una víctima. La respuesta es que no
fue a ningún médico y dos, no estaba allí presente. Sólo con haber ido
al médico de cabecera y le hubiera recetado una aspirina ya le hubieran
reconocido como víctima. Todavía se lo sigue preguntando. Pero no en este
mundo, porque hace dos años falleció de un cáncer. Se lo pregunta en
otra vida. Lola, su segunda mujer, luchó junto a Álvaro por el
reconocimiento de las víctimas. Defiende que Álvaro clínicamente
falleció de càncer, pero que vitalmente murió porque se sintió sin fuerzas para
luchar. Te puedes enfrentar al odio porque un resorte muy humano y
profundo te empuja a rebelarte contra ello. Pero, delante de la
incomprensión y de la exclusión ¿Contra qué vas a luchar? ¿Contra una
sociedad que te ha hecho invisible?
Hay quien criticará cierta pornografía gratuita y emocional de este
artículo. Pero no he venido a hablar de ello sino de las víctimas,
porque son víctimas por culpa de unos asesinos y son víctimas porque la
Administración los pone contra las cuerdas, sometiéndolos a un entramado
burocrático y legal difícil de soportar sumado a la ya difícil
situación sufrida. Máxime cuando durante esta semana, los atletas de la
Transición, todo ese grupo de políticos antifranquistas aficionados a
correr delante de los grises y que, decían, luchaban por la democracia,
se unen a otros políticos de diferente calado ideológico y les dedican a
las víctimas unas palabras y unas palmaditas y dejan correr alguna
lágrima, ahora que se cumplen veinticinco años del atentado de Hipercor.
Pero me pregunto: ¿no han sido capaces, en todo este tiempo, de
resolver diligentemente la situación de treinta y tres víctimas de
Hipercor por unos estúpidos, absurdos y esperpénticos argumentos legales
que les impide ser reconocidas como víctimas? No es de extrañar, ahora
que estos políticos, pactistas en la Transición, hayan permitido dejar el
país español como está y no contentos con ello someten a la ciudadanía a
rebajar brutalmente la calidad de vida y los derechos democráticos. Sí,
ellos, que dicen lucharon por la democracia.
La
AVT (Asociación de Víctimas del Terrorismo) también es un ejemplo de
ello. No representa a las víctimas. Representa una idea secuestrada y
sesgada en términos políticos, alejada de la realidad, que comulga con
el chantaje emocional para empozoñar a la sociedad. La politización fue
la razón por la cual Roberto Manrique tuvo que desvincularse de esta
asociación, (él representaba la delegación catalana), para pasar a ser
el impulsor de la Asociación Catalana de Victimas de Organizaciones
Terroristas (ACVOT) en 2003. Desde esta asociación ha conseguido, por
ejemplo, que las víctimas del atentado de la sala de fiestas Scala en
1978 hayan sido consideradas víctimas del terrorismo. Un atentado clave
en la Transición pues se juzgó socialmente en paralelo a la CNT y
criminalmente a unos jóvenes y que años después se demostró que fue un
atentado urdido desde los servicios secretos españoles para hundir al
movimiento sindical anarquista La documentación del proceso judicial es
confidencial y alto secreto de Estado y no se podrá acceder a sus
archivos hasta el 2038. El hijo de uno de aquellas víctimas mortales,
ahora concejal en el ayuntamiento de Santa Perpetua de la Mogoda
todavía busca una respuesta a ello y no se lo permiten.
Y
sin desear crear ningún conflicto, todavía existe un profundísimo tabú
existente en la actuación de una parte de las fuerzas de seguridad del
Estado (no se puede generalizar, cada realidad en su sitio) ejerciendo
la brutalidad y la tortura en las comisarías a centenares de jóvenes
vascos, que sin llegar a tener una vinculación con el terrorismo,
sufrieron la violencia política sólo por el hecho de ser vascos o
simpatizar con el independentismo no con la violencia. Claro está, que a
ojos de la sociedad y los políticos no eran más que los efectos
colaterales, un eufemismo con el que en definitiva, se pretende
justificar la violencia sea ésta legal o no. Prueba de ello han sido las
constantes denuncias desde hace décadas de Amnistía Internacional en
este sentido y en este ámbito. Ellos también han sido víctimas
criminalizadas socialmente hasta el paroxismo y objeto de violencia y
acoso de baja intensidad sólo por el hecho, repito, de ser vascos o
sentirse vascos.
Siguen
habiendo muchas víctimas de terrorismo, no sólo de ETA, sino de otras
organizaciones que alimentan un listado de centenares de personas
asesinadas a manos de aparatos u organizaciones satélites relacionadas
con las fuerzas de seguridad, la extrema derecha y las cloacas del
Estado en tiempos de la Transición que han sido silenciadas. Sólo el
GAL, fue la única organización que por intereses políticos del Partido
Popular vio la luz y fue condenada no sólo legalmente sino socialmente.
Son las víctimas invisibles. Víctimas que para Roberto Manrique son
víctimas, sin importar los colores, las simpatías ideológicas,
deportivas o políticas. Son víctimas que tienen vida. Y tienen un
derecho a la memoria y al reconocimiento abierto y sincero. Esperan,
muchas de ellas, que les pidan perdón por parte de quienes han hecho un
daño injustificado y cruel y una rectificación por parte de la sociedad y
el Estado por el trato tan nefasto que les ha otorgado. O mejor dicho,
el no trato, porque tal y como denuncian las víctimas de Hipercor, se
sienten abandonadas y olvidadas. Situación que, moralmente, dista mucho
del canon de lo que debe ser una sociedad justa y plenamente
democrática.
De
momento, Roberto, en su reunión con el verdugo de Hipercor intuyó en el
rostro del verdugo - según declaró a los medios de comunicación - un
arrepentimiento profundo, pero no obtuvo una demanda de perdón explícito
por parte de Rafael Caride. Y por otro lado, los políticos hablan pero
no actúan, ahí siguen las treinta y tres víctimas no reconocidas.
Cualquiera de ellas podría declarar perfectamente:
“Yo
vine a comprar a Hipercor oiga, no pedí ninguna bomba y sin embargo me
obligan a estar esperando en una ventanilla a obtener mi condición.
Llevo veinticinco años, y ya ve usted, aquí sigo”..
Muchas
incógnitas, muchas dudas, mucho sufrimiento, mucha injusticia. Y dolor
mucho dolor. El dolor y la pérdida les mantiene con vida. Unos desde la
vida, otros desde la muerte. Pero es otro tipo de vida y, no lo duden,
mucho más digna a pesar de los que carecen de ella y elaboran leyes que
luego no cumplen.
Así lo subraya Rosa,también víctima y que sobrevivió a la bola de fuego: a mí no me mataron, pero me mataron la vida.